Las esferas de Tayutic

Las esferas de Tayutic

 

Más o menos en el año 2010 comenzó a circular por las globales redes de Internet, una encantadora  fotografía mostrando tres esferas de piedra en un contexto escénico impresionante.

Sin tratarse de un montaje digital el sublime retrato, se difundía de manera viral por todas las redes sociales.

Científicos, antropólogos, arqueólogos, exobiólogos,  místicos, ufólogos  y muchos estupidólogos y reporteros de misterio, usaron esa fotografía en sus encabezados y reportajes. Hasta cristianizar el retrato como el símbolo universal de las esferas de piedra en Costa Rica.

Pero su autor original, lejos de toda esa parafernalia mediática se mantuvo incognito. Dejando en el misterio los parámetros geográficos  de su captura fotográfica.

Al no reconocer el sitio donde fue tomada tan atractiva imagen,  contacté con algunos subsidiarios de tales reportajes, Y como era de esperar sus respuestas fueron: – “Lo sentimos, pero no podemos revelar nuestras fuentes”

Ningún sitio en la Web mencionaba el origen del difundido fotograma.

¿No lo sabían o no les importaba la fuente original? …Ambas.

Desmenucé los metadatos de la imagen, donde apareció el supuesto autor con el carácter «icbonillasoto” pero esa pista no me llevó a ningún lado.

Sin darme por vencido continué navegando en ese inmenso y  desesperanzador mar de tormentas mediáticas, que llamamos Internet.

Sin embargo y como siempre mi brújula me hizo atracar en una pequeña isla “Blog”   (de entre las miles que flotan en ese ciber-océano)

Y sí, muchos de esos lugares son como la Isla Tortuga de Piratas del Caribe, donde sus moradores son: caóticos, agresivos, anarquistas, dogmáticos, ignorantes ilustrados, y más.

En sus “Chats” (conversaciones en línea) lo único que logré fueron balbuceos que hacían referencia al pueblo de Pejibaye…

Entonces apagué  mi ordenador  y busqué entre mis cuadernos de apuntes.… “Poblado de Pilas, Pejibaye de Pérez  Zeledón,  arqueología en esferas de piedra, no graníticas, mayoría en materia caliza. 8% estudiado”…

Mis personales notas de indagación en Pilas, eran más que escasas. Soy investigador  independiente y como tal me valgo de mis propios recursos, mismos que siempre son insuficientes. Pero mis recursos, como ciudadano costarricense, también involucran a las instituciones públicas, así que decidí hacer valer mis impuestos.

Pilas, Pejibaye. Esfera de roca caliza

Tomé mi cuaderno de notas  y las copias fotográficas y me fui a las instalaciones del Museo Nacional de Costa Rica, en San José,  donde como siempre he sido bien recibido.  (Como bicho raro, pero invariablemente aceptado sin mucho prejuicio)

Revisé  en su biblioteca pública las investigaciones arqueológicas de Sitio Pilas, en Pérez Zeledón, y con decepción noté que sus pocos folios abarcan menos datos que mi cuaderno de notas.

Entonces dirigí mis inquietos pasos al Departamento de Patrimonio Nacional, y les mostré a “boca de jarro” la fotografía y mi inquietud. Allí me dijeron,  no sin calmarme antes:

-Gracias don Alberto, nosotros también andamos buscando esas esferas. Cualquier información que logre obtener de ellas, por favor particípenosla.

Salí furioso de ese frío lugar.

Caminé hacia la Ciudad universitaria de San Pedro (U.C.R)  Donde en su periferia existen los mejores bares de la zona, y también las mejores fotocopiadoras,  pedí a un técnico mejorar la resolución de la fotografía y ampliarla.

Luego de un par de cervezas regresé cabizbajo a mi casa, coloque la bella imagen de aquellas tres esferas en una pared de mi taller, decidí ponerme a trabajar en mis esculturas artesanales y olvidarme del asunto.

Pero después de varios días de tener ese retrato a reojo me percaté de que aquel paisaje de fondo a las esferas no podía corresponder al territorio de Pejibaye en Pérez Zeledón,    (Pacífico Sur del país)

¡Pero quizá sí a la región de otro pueblo llamado Pejibaye, ubicado en la provincia de Cartago, en Turrialba!

Esa nueva percepción disparó todas mis luces. En varias direcciones y por muchas razones.

  1. a) En mi país que apenas tiene unos cincuenta y dos mil kilómetros cuadrados de territorio, nada está extremadamente lejos. A excepción de la Isla del Coco.
  2. b) La cordillera de Talamanca, (columna vertebral del país) divide las aguas pluviales en dos vertientes: Pacífica y Caribe.

Para muchos arqueólogos, los informes de monumentales esferas de piedra en la región Caribe, son tan solo un mito, pese a la existencia documentada de cuatro grandes esferas prehispánicas en Sitio Ta’Lari, y una en la costa de Puerto Limón (Caribe) los eruditos no se convencen de ampliar sus investigaciones.

Esfera ubicada en la vertiente Caribe

Pero volvamos a la fotografía de las tres esferas y el paisaje al fondo.

No reconocí el río hasta que identifique la estructura inconfundible de la represa de La Angostura,  sobre el río Reventazón.

No es que sea un experto en represas hidroeléctricas, pero sigo sus construcciones con atención porque en ocho de cada diez veces, la pesada maquinaria del “progreso” desgarra y devela con sus poderosas palas mecánicas, fragmentos de un notorio pasado ancestral.   Los ríos Térraba y Reventazón son testigos de mis palabras, como antaño fueron las rutas de los ferrocarriles bananeros.

Esfera en Puerto Limón. Origen incierto.

En la cuenca de río Reventazón (Vertiente Caribe) está la pretérita cuna de toda cultura aborigen que se desarrolló en el actual territorio costarricense, extendiéndose luego al Sur y Norte del continente. Padres y madres de Chibchas y Olmecas, arquitectos de las esferas… …Ya me pasé otra vez.

La cosa es que avivado por esas divagaciones arranqué de un zarpazo la fotografía en mi pared, empaqué mi mochila y luego de convencer a un socio que copilotará mi viaje, salimos una madrugada de abril 2012,  hacia la ciudad de Turrialba en la provincia de Cartago. No si antes trazar en mi mapa un radio de diez kilómetros con la represa de La Angostura como eje central de la circunferencia a investigar.

La buena fortuna siempre favorece a los locos, pues a menos de treinta y seis horas de nuestra salida de San José, dimos con un lugar llamado Sitio Mata, al sur-este del centro de la ciudad de Turrialba, a poco más de nueve kilómetros de nuestro trazado perímetro.

Y allí, como lo venía haciendo desde Turrialba, mostraba mi fotografía de las esferas, preguntando: ¿Las ha visto en esta región? Primero me miraban con temor, como si yo fuera agente policial, pero luego de mirar la estampa se aliviaban, sonreían y solo emitían un relajado NO.

Continuamos avanzando por los senderos ondulados de Sitio Mata, tocando puertas casa a casa como vendedores errantes

La hospitalidad de sus gentes era tal que ya nuestros estómagos no soportaban un café más, un refresco más, un bocadillo más.

Casi huyendo de esa acogida, inusual para un citadino, avanzamos sendero arriba por la carretera.

En la vera del camino vimos a un anciano descansando de su carga. Detuve el vehículo y salí a hablarle. Al mostrarle mi fotografía exclamó sonriente: – Esas bolas están en Tayutic. Acto seguido levantó su carga al hombro (un par de pesados racimos de plátano verde) y continuó su camino.

-¡Oiga don! Grité en busca de más información, pero el viejo se metió con su carga en un trillo a la izquierda del camino, lo seguí algunos metros pero ya no quise importunarlo. Comprendí que mi búsqueda de conocimiento no alivianaría su pesada carga, además el viejo pronunció la palabra Tayutic como lo hacen los Cabecares del Valle de la Estrella.

Poblado Cabecar

Me desplomé abrumado en la tierra, pues sabía que el poblado de Tayutic, estaba muy lejos de mi posición actual, aunque siempre sobre la vertiente Caribe, Tayutic se ubica en la cuenca baja del río Pacuare. Dominios de los aborígenes Cabecar.

¿Cómo pude estar tan herrado en mis conjeturas?

Minutos después mi copiloto me encontró vencido y cataléptico en tierra, prácticamente me arrastró hasta el vehículo donde me dormí profundamente.

Luego, amables pero vigorosas bofetadas me despertaron urgiéndome: ¡Dikón, Dikón, Dikón, despierta Dikón! (Así me llaman mis amigos)

-¿Qué pasó, dónde estoy? –pregunté alarmado a mi copiloto.

-¡Cálmate amigo, en tus tres horas de delirios y pesadillas sólo decías Tayutic, entonces te traje a Tayutic, ¡Pregunté y estábamos muy cerca de tus rebuscadas esferas!

Cuando por fin logro enfocar mi vista, descubro que estoy en una confortable habitación de hotel.

-¡Kati! … ¿qué clase de broma es ésta? –reprendo irritado a mi copiloto.

-Ninguna broma, Tayutic es un complejo turístico ubicado en Sitio Mata y esas malditas pelotas de piedra están muy cerca de tu malagradecida presencia… ¡maldito egoísta! –Respondió con indiscutible mal humor, mi leal amiga y compañera de aventuras.

Si bien su enojo estaba justificado, tenía que arriesgarme a hacer otra pregunta:

-¿Entonces ya ubicaste las bolas, o sólo andabas haciendo turismo?

-¡Levanta tu perezoso trasero de la cama y te llevo a ellas YA! –Respondió Kati, frunciendo el ceño, pero conservando su habitual y seductora sonrisa de maldita bruja Celta.

Y luego de caminar entre primorosas cabañas, una iglesia antigua,  un laberinto de piedra, una capilla suspendida al borde del abismo, veo las tres esferas de piedra, en tan exquisito paraje, que ninguna fotografía podría expresar.

A unos quince metros antes de llegar a ellas me hinqué extasiado y en sublime contemplación,  el cielo atardecido, las nubes preñadas de luz, el aroma de la tierra, el canto de las aves, la vista panorámica de las verdes montañas y los meandros del río Reventazón son arrobadores.

Con respeto pero con pasos firmes me dirijo a la esfera central, poso mis manos en su lomo… pero algo no anda bien, esta esfera no vibra, no suena, no radia, no enlaza.

De un tajo mis sentidos de la belleza y la armonía se estrechan, y se abren las percepciones físicas, analíticas, sensoriales.  Pronto mis ojos y manos que circundan el lomo de las esferas, se percatan de que estoy ante una bella réplica fabricada con un ingenioso y muy particular hormigón. ¡Las tres esferas fueron  confeccionadas por un hábil artesano de nuestra época!

Aunque mi espíritu de investigador debía sentirse decepcionado por el fiasco de perder mi pista de las esferas de piedra prehispánicas de la vertiente caribe, mi corazón de artesano estaba exaltado.

Esas sólidas y redondas réplicas, fueron elaboradas con una perfecta mescla de cemento, carbonatos, metales, arenas graníticas y silíceas, y no sé qué más elementos. Por la degradación y oxidación de sus materiales deduzco que fueron hechas hace más de tres décadas. ¡Admirable!

Así que no saldré de Sitio Mata hasta que encuentre al maestro artesano y alquimista que produjo estas inusitadas esferas.

Sé que cuando le comunique al copiloto (Kati) mis intenciones, se va a encabronar.  Pero si salgo ileso de esta, prometo que les terminaré la historia.

Alberto Sibaja. Turrialba de Cartago. Diciembre 2012

En el siguiente enlace podrán ver algunas de las fotografías que tomamos en Tayutic.

ESFERAS DE TAYUTIC

Mirando las esferas con otra óptica

Don José Navarro

Nacido en Cuba y residente estadounidense, don José Navarro vino por primera vez a Costa Rica en 2007, con la intención de conocer y estudiar las esferas de piedra del Delta del Diquís y su amplio circuito de manifestación. Desde entonces nos visita una vez al año.

Sus estudios y observaciones han llamado poderosamente mi atención.

Principalmente los relacionados con un inquietante patrón, que él ha descubierto, en las picas o perforaciones de las esferas.

Estudiando los patrones de la pica

Dichas observaciones cuestionan la aceptada técnica de picado y pulido de las esferas, como único sistema, usado antaño por los amerindios del Diquís para elaborar sus monumentales esferas de piedra.

En otra ocasión, y si don José Navarro me lo permite, les hablaré de tan interesante propuesta.

Hoy el señor Navarro me ha permitido que comparta con ustedes, sus observaciones y visión de una esfera en particular. A quien él ha llamado la “Esfera Claudia”

Don José Navarro está muy interesado en conocer vuestras ideas y opiniones al respecto.

Se trata de una esfera seccionada en cuatro partes. Dicho mImagenonumento se encuentra en la finca de doña Claudia Vidal, en el Poblado de Bolas de Buenos Aires de Puntarenas.

Si bien es cierto que es común ver esferas prehispánicas partidas en dos segmentos, ya sea por la mano y el mazo codicioso de quienes buscaron en ellas absurdos tesoros escondidos en su núcleo, o bien por el fallamiento natural del granito, que después de siglos de estar, las esferas, expuestas a los elementos, terminan por partirse.

Imagen

Batambal. Esfera partida

Es fácil determinar la causa de partición, dado que las esferas seccionadas de manera natural, no presentan los golpes intencionales de mazos y demás herramientas usadas para destruirlas.

Imagen

cuatro segmentos. El superior e inferior tienen idénticos tamaños. lo mismo se repite en los segmentos de la derecha e izquierda (más pequeños)

El caso de la “Esfera Claudia” es por demás intrigante, pues no presenta golpes intencionales y un fraccionamiento por leyes naturales, es poco probable, o al menos extraño, pues como se puede notar en una de las fotografías, la esfera tiene una línea de fallo estructural en el granito y la naturaleza hubiese aprovechado esa falla, para partirla en dos segmentos.

¡Pero nuestra particular esfera, se encuentra partida en cuatro segmentos!

El tamaño de los mismos se repite de dos en dos.

Imagen

Fragmentos equidistantes al núcleo.
Se observa la falla natural del granito.

Y además son equidistantes al núcleo de la esfera.

Según la óptica del señor Navarro, no se trata de una esfera “partida” al azar, sino más bien de una esfera “cortada” intencionalmente por sus hacedores en tiempos prehispánicos.

Dejo algunas preguntas sobre la mesa y doy por iniciado el debate.

¿Qué pudo haber producido semejante segmentación en esta esfera?

¿Se trata de una caprichosa y por demás extraña segmentación natural?

De ser así un examen geológico podrá acercarnos a la respuesta.

DSCN2067x

Uno de los segmentos

¿Fue esta esfera cortada intencionalmente?

De ser así, ¿Qué tipo de tecnología se utilizó para lograr tan simétricos y precisos cortes?

Favor escribir sus inquietudes, respuestas y opiniones en este post.

Los interesados en leer el borrador sobre “La Esfera Claudia” escrito por don José Navarro, pueden solicitarlo a mi correo Sibowak@gmail.com

DSCN2074x

Todas las fotografías de la esfera cortada, son del señor Navarro.

 

Los que deseen ver y estudiar la esfera “in situ” me avisan para contactarlos con doña Claudia Vidal.

Alberto Sibaja A.

Marzo 2014

 

 

 

Imagen 097

En la casa de doña Claudia Vidal. Bolas de Buenos Aires de Puntarenas

La Hoz

A ella

ImagenA ella, quien se pasea sin adversarios, armada con la curva de sus horas, cubriendo de polvo memorial todas mis vanidades.

A ella, designio cierto desde mi nacimiento. Dueña de cada una de mis faenas, quien tomará para sí la última de mis horas.

A ella, a quien espero sin ansia, con la certeza helada porque sé que llegará, no importándome el cuándo si no el cómo de su arrebato.

A ella, arcilla que llevo desde el nacimiento, ánfora donde anido mi estadía, vacío donde verteré la esperanza de mi presencia.

 

 

 CON SABOR A HOZ  

¡Admira la grandeza de esta hoz cuando cercena los trigales nacidos para la cosecha! 

Abrígate en la belleza del cereal, trigueño de sol hinchado de luna, contempla como él se deja desvestir

Imagen

 a golpe de pilón.

Obsérvalo ahora en su nueva desnudez, pulverizándose en danzas a ritmo de mortero sobre el cóncavo fondo del pilón, cediendo jubiloso a su nueva hechura,  

Deja escurrir entre tus dedos la dócil suavidad de la flor de harina, ella no opondrá resistencia. Amasa, Modela, Hornea… 

 

Sacrifica al fruto de la harina, el pan, humeante y aromático, en tú boca, él dejará ser molido y digerido. No se opondrá. 

Cede de la misma manera a la muerte, cómo la espiga cede a la hoz.

Cómo el pan al hambre 

¿Acaso no puedes acreditarle majestad, a aquélla flor enjuta y marchita que asoma en el vientre el verdor de su fruto? 

Cede a la muerte cómo la flor al fruto. 

Aquí anochece, allá amanece, y la aurora arrulla soles infantes que nunca serán inmortales y el ocaso amortaja lunas que no perdurarán. 

¿Ves?… ¡No hay aurora sin tinieblas!… Ni pan si el segador no arranca las mieses… Ni veranos que no hayan sido bañados de inviernos… Ni vidas que no hallan dormido ya, bajo mi amoroso manto. 

  

Alberto Sibaja Alvarez

Enero de 1985

 Con sabor a hoz

Las esferas de Bajamar

Esta galería contiene 4 fotos

Las esferas de Bajamar En julio de 2012, recibí (vía email) unas fotografías de cuatro esferas gigantes, ubicadas cerca de la costa del Pacífico Central del país. Las imágenes fueron captadas en el mes de enero de ese mismo año. De inmediato salí a cazar “Las esferas de Bajamar” armado tan solo, con mi cámara de […]

La « chair de Dieu »

La « chair de Dieu »

 Imagen

 

3 : 45

Le 20 février.

 

Assis sur la terrasse de ma maison, à San José, je lis le Siddharta de Hermann Hesse, tout en attendant l’arrivée de mon ami Venancio, dramaturge professionnel, qui a décidé de me guider dans un voyage que j’avais laissé en suspens il y a de nombreuses années. Nacho, comme l’appellent ses amis, a consacré sa vie aux planches, maintenant, à soixante-deux ans, il conserve le charme et la souplesse de ses trente ans. Mince, grand, élégant, sur son visage la barbe blanche, courte et soignée contraste avec le noir profond de ses épais sourcils.

 

Ce vieil aventurier a traversé, plus d’une fois les seuils de la perception, d’où l’on peut contempler les réalités éloignées de notre usage habituel des sens et de la conscience. Nous nous étions connus au cours d’un stage de méditation taoïste qu’il animait lui-même. Depuis lors, nos conversations et nos exercices duraient des heures.

 

Nous discutions, à l’occasion, des écrits de Carlos Castaneda et de nos propres expériences des plantes sacrées et psychotropes : le peyotl des Huitchols, le yopo de l’Orinoque, l’ayahuasca des Indiens de l’Amazonie, l’amanite tue-mouche des Celtes, la marihuana des Hindous, l’opium des Chinois, le LSD des hippies, la morphine des hôpitaux, les amphétamines des discothèques…

Nous avions remarqué que dans 75 pour cent des cas nous avions expérimenté les mêmes psychotropes et que dans presque tous les cas, nous ne l’avions fait qu’une seule et unique fois.

 

Et un jour, il avait cherché à savoir, en prenant des airs mystérieux et en me lançant au visage ses yeux exorbités :

 

– Que peux-tu me dire, petit, du téonanacatl ? La « chair de Dieu » !

 

– Rien, avais-je répondu en faisant un grand geste de la main pour écarter son nez pointu de ma figure, Dieu, je ne l’ai savouré qu’avec les blasphèmes de Niezsche.

 

– Ah, ah, ah ! Tu n’as peut-être pas  pris de la « chair de Dieu » mais je t’assure, petit, que tu la connais, avait-il répliqué en abandonnant son attitude théâtrale.

 

– Je ne vois vraiment pas de quoi tu veux parler, avais-je assuré.

 

– Je te donnerai une piste : à l’époque précolombienne, son usage cérémoniel s’étendait du Yucatan jusqu’à la Patagonie…

 

– Facile ! m’étais- je exclamé, sautant sur une piste si évidente : le datura (brugmansia). Je ne prendrai jamais une seule goutte de la délétère « Reine de la Nuit », non, ça, je le laisse aux chamans expérimentés et aux sinistres crétins. Pas de scopolamine dans mon cerveau, avais-je insisté.

 

– Ça alors ! Quelle haine envers une plante sacrée! m’avait répondu Venancio, en fronçant les sourcils et visiblement contrarié.

 

– De la haine ?…Non ! J’aime ces arbustes et l’arôme de leurs grandes fleurs, en fait, il y en a même  une haie devant chez moi, mais quand ils fleurissent et que leur parfum d’encens commence à inonder ma maison, les petits malins du quartier viennent voler les grandes fleurs en forme de cloches. Après, les parents de ces imprudents veulent m’obliger à couper ma haie, parce qu’on est en train de faire un lavage d’estomac à leur stupide progéniture dans un hôpital… Plus d’une fois j’ai dû sortir au petit matin pour défendre mes arbustes d’une machette vengeresse, parce que…

 

Il m’avait vite arrêté pour calmer l’euphorie croissante de mon discours :

 

– C’est bien, c’est bien, Alberto, j’ai compris. Mais la « chair de Dieu » n’a pas une seule molécule de scopolamine. Ses veines sont bourrées de psilocybine, avait-il ajouté, les poings serrés sous le menton.

 

– Sainte Marie Sabine ! m’étais-je exclamé, visiblement surpris. Je n’ai pas eu l’honneur de pénétrer dans le royaume des champignons hallucinogènes, car je n’ai encore rencontré personne pour me guider dans un voyage si délectable… Ce qui est curieux, c’est que dans notre pays, ça pousse partout et…

 

Venancio m’avait de nouveau interrompu.

 

– Des guides ? Parle-moi de tes guides, avait-il dit en haussant exagérément son noir sourcil gauche.

 

– Idiot ! Ne change pas de sujet de conversation, maintenant qu’on y est enfin, avais-je rétorqué en me moquant de sa tête de clown.

 

– Non, sérieusement, ça m’intéresse, cette histoire de guides.

 

Venancio avait abandonné ses postures prétentieuses, et je notai une certaine franchise dans ses yeux bruns… mais comment être sûr de la sincérité d’un disciple de Tchékov ?

 

– Je suis un chercheur ! Et pas un drogué suicidaire. Sans guide adéquat, les plantes sacrées peuvent nous enfermer dans un enfer de perceptions chaotiques dénué de sens, lui avais-je assuré avec conviction et j’avais ajouté :

 

– Jusqu’à présent, à chaque occasion, j’ai eu la chance de rencontrer un accompagnateur approprié : en Amazonie colombienne, c’est un chaman (taita) qui m’a poussé vers l’envolée de l’ayahuasca. A San Luis Potosi, au Mexique, c’est un groupe de tisserandes huitcholes qui m’a fait chevaucher le  peyotl. A New York, c’est un psychiatre argentin qui m’a conseillé dans mon trip avec le LSD. Dans un hôpital de San José, c’est une amie infirmière qui m’a injecté de la morphine et qui a veillé sur cette rencontre rose. A Heredia, une communauté entière de hippies me lisait « Le Seigneur des Anneaux »  en m’enveloppant d’une odorante fumée de marijuana. C’est ma cavalière dans l’excitation d’une discothèque en Californie qui m’a mis des cachets d’amphétamines dans la bouche ; comme je pensais que c’était des pastilles « Tic tac » pour l’haleine, je n’ai pas fait de mauvais trip. Par contre, avec l’opium, c’est le contraire qui m’est arrivé, car j’avais commis l’imprudence de le fumer seul, face à la terrifiante immensité de l’Océan Pacifique…

 

Je lui avais ainsi raconté chaque détail de ces expériences ainsi que la manière dont avaient été altérées mes perceptions et ma conscience.

 

Après m’avoir écouté sans interruption, il m’avait offert ses services en me disant :

 

– Je peux être ton guide dans ton expérience avec les champignons, j’ai la connaissance et la pratique nécessaires.

 

– Et qu’est-ce que tu me proposes ? avais-je demandé, très sceptique.

Il avait regardé son agenda et puis il avait déclaré :

 

– Dans quatre jours, ce sera la pleine lune, ce n’est pas que la Lune affecte l’absorption de la psilocybine, mais nous roulerons de nuit, de San José à la côte caraïbe, jusqu’à Porto Viejo de Limon. La lumière de la lune, le paysage et le changement de climat seront favorables à  l’expérience. Un jour avant, avait-il continué en annotant son agenda, ce sera le 20 février, nous irons dans les montagnes d’Heredia ramasser les champignons. Il faut les récolter quand l’aurore commence juste à poindre car ils s’ouvrent avec la lumière du soleil et la psilocybine perd alors de sa puissance. Il faut donc les ramasser rapidement et les conserver dans un sac de toile noire, pour les protéger des rayons du soleil ; ensuite tu les mettras au frigo.

 

Le 21 février, je passerai te prendre à une heure du matin et il faut que tu aies ingéré le premier champignon une heure avant. Ensuite, un autre toutes les soixante minutes, jusqu’au lever du soleil. De une heure à quatre heures du matin, ton système immunitaire est au plus bas, la psilocybine pénétrera dans ton organisme sans difficultés ; après le lever du soleil, la courbe immunologique commencera son ascension et ce ne sera plus la peine d’avaler davantage de la « chair de Dieu »…

Mais, c’est que je ne suis jamais allé chez toi ! Donne-moi ton adresse, avait-il demandé pour finir,  avec son agenda et son stylo prêts pour noter mes coordonnées.

 

Je lui avais alors donné mon adresse, convaincu que Venancio serait un excellent accompagnateur.

 

Puis je lui avais fait remarqué :

 

– J’ai vu à plusieurs occasions, là-bas dans les montagnes d’Heredia, en plein jour, des groupes de jeunes qui buvaient du vin et qui mangeaient des champignons préparés avec du lait concentré. Mais toi, tu m’affirmes que le Soleil détruit la psilocybine…

 

– Non, je n’ai pas dit qu’il la détruisait, j’ai dit qu’à la lumière du jour, elle perd beaucoup de sa puissance, si bien que ceux qui consomment des champignons dans la journée se voient obligés d’en consommer de grandes quantités. Comme les champignons ne sont pas faciles à digérer, ces ignorants finissent par faire une indigestion et un mauvais trip.

 

– Qui t’a appris la science des champignons hallucinogènes ?

 

– Mon frère aîné. Il y a quelques années, il a fait un voyage au Mexique chez les Hautla, où il a été initié à leur magie par une guérisseuse de l’ethnie mazatèque…

 

Je l’avais interrompu en plaisantant :

 

– Ton frère est chaman ?

 

– Non, il est médecin neurologue, mais lui ne s’est jamais intéressé au mysticisme ni aux cérémonies indiennes.

 

Puis Venancio avait ajouté avec une évidente nostalgie :

 

– Mon frère analysait seulement la biochimie du cerveau, et ça a été sa perte.

 

– Et bien, il faudra que tu me le fasses rencontrer.

 

Il avait répondu en souriant :

 

– Il nous faudrait les services d’un spirite, il est mort il y a deux ans.

 

– Je suis désolé, avais-je dit à voix basse.

 

– Moi aussi, avait-il répondu sans tristesse. Il a fini complètement timbré à cause de toute cette drogue qu’il prenait.

 

Et il avait rajouté, en riant, tout en pointant vers moi ses deux index en signe d’avertissement :

 

– Lui aussi disait de lui-même qu’il était un chercheur et pas un drogué.

 

Et nous nous étions séparés quelques instants plus tard.

 

 

4 : 00

 

Trois jours après, à quatre heures du matin, Venancio garait sa voiture devant ma maison. Je refermai le Siddharta, je me levai de mon fauteuil à bascule, j’attrapai mon sac à dos et nous partîmes vers les montagnes d’Heredia pour ramasser les champignons. Sur le trajet, mon tuteur parlait de la perception animiste qu’ont les Amérindiens des plantes sacrées.

 

– Les champignons sont comme des enfants, me disait-il, petits, fragiles et très espiègles, mais ne te laisse pas tromper par leur apparence, car ils sont aussi dangereux et très puissants. Tu dois les cueillir vite, mais avec respect et sans violence. Pense que tu mets des petits enfants vivants dans le sac…

 

Nous grimpions sur la montagne par un chemin empierré, sinueux et étroit qui aboutissait devant le grand portail de bois d’une laiterie. Nous descendîmes de la voiture, c’était presque cinq heures du matin, la nuit était froide, une brume épaisse recouvrait tout. La lune, presque pleine, donnait au brouillard une nuance d’un blanc iridescent. Venancio me tendit un petit sac de toile noire et en agitant le sien, il me susurra à l’oreille :

 

– Allez, allez, allez, on n’a pas beaucoup de temps !

 

Ensuite, avec l’agilité d’un gecko, il escalada le portillon et sauta dans la propriété privée. Je le suivis immédiatement en me sentant comme un gamin sur le point de commettre une bêtise. Je le vis ensuite courir et tourner brusquement sur la gauche et je le perdis dans la brume. J’essayai de le retrouver quand j’entendis un avertissement :

 

– Attention aux barbelés !

 

Je me mis à plat ventre juste à temps mais je passai la clôture avec la chemise déchirée. Nous étions dans un pré, mais il n’y avait pas de bêtes qui y pâturaient, on voyait seulement de vieilles bouses de vaches. Le brouillard se dissipa comme par magie, j’essuyai l’humidité sur mes lunettes et je commençai à scruter le sol à la recherche des champignons.

 

– Ici ! cria Venancio et je courus vers lui. Il se frottait les mains et les dirigeaient vers le sol comme si c’étaient des radars.

 

– Arrête de faire l’andouille, lui dis-je en me moquant de sa façon de faire.

 

Il ne m’écoutait pas, il gardait les yeux fermés et les sourcils froncés.

 

L’aurore initiait sa courte transition.

 

– Là, dit-il précipitamment sans ouvrir les yeux et il montrait une grosse merde de vache. Baisse-toi, et observe, ils viennent. N’attends pas qu’ils s’ouvrent, laisse-les pousser quelques sept ou huit centimètres et arrache-les à la base du pied. Mais seulement ceux qui ont un anneau violet près du chapeau ! Ensuite, cherche et  prends ceux que tu trouves sur la droite, je ramasserai ceux qui sont sur la gauche.

 

J’obéis, mais je me sentais stupide devant la copieuse bouse de vache.

 

– Cet enfoiré de Nacho ! pensai-je, il a sûrement fumé quelque chose et il est en plein délire.

 

Mais j’arrêtai soudain là mes réflexions quand je vis émerger de la bouse sèche quelques pousses blanches qui s’élevaient rapidement vers le ciel. Sur leur pointe, de petits chapeaux d’un gris pâle s’ouvraient au fur et à mesure que le thalle montait. Je ne pouvais en croire mes yeux, mon esprit cherchait une explication. Je me rappelai que Venancio m’avait donné à boire en chemin et je finis par penser :

 

– Cet abruti a mis quelque chose dans l’eau !

 

Sa voix résonna sur ma gauche :

 

– Ne reste pas planté là à les regarder, dépêche-toi de les ramasser !

 

Comme s’il s’agissait d’une ridicule compétition irlandaise, nous arrachons des dizaines de petits champignons annelés et blanchâtres. Le coup de sifflet final de l’arbitre fut donné par le disque brillant du Soleil. Je m’allongeai épuisé sur le pré humide et j’admirai comment les champignons, qui poussaient sur le fumier, déployaient leurs petits chapeaux et comment ceux-ci commençaient à changer de couleur, quand la voix désagréable et toujours aussi pressante de Venancio me tira à nouveau de mes rêveries.

 

– On y va, Alberto, on ne peut pas perdre de temps, il faut les mettre au frigo le plus vite possible.

 

Je montai à contre-coeur dans la voiture, j’aurais voulu profiter davantage de la campagne, lire mon livre à l’ombre d’un arbre, rester éloigné quelques heures de plus de l’agitation des villes, mais je devais respecter mon arrangement avec le mentor. Il était le guide, moi je le suivais. Nous déposâmes sur le siège arrière les petits sacs noirs et mon ami régla l’air conditionné de la voiture

à la puissance maximum. (Je déteste le froid artificiel). Le sac de Nacho était presque plein, le mien n’était même pas rempli à moitié, mais mon accompagnateur ne fit aucune remarque à ce sujet.

 

– Qu’est-ce qu’il y avait dans l’eau que tu m’as donnée à boire ? demandai-je sérieusement.

 

– H2O et avec un peu de chance, quelques bactéries coliformes, dit-il en riant. Il me regarda ensuite, inquiet, et il ajouta :

 

– J’ai rempli la bouteille au robinet avant de partir… Tu as remarqué un goût particulier dans l’eau ?

 

– Aucun goût spécial, mais tu as dû mettre de la drogue, répondis-je, en le regardant d’un air soupçonneux. J’ai vu ces champignons grandir à une vitesse extravagante… Nom d’un chien, qu’est-ce que tu as bien pu mettre dans l’eau ? demandai-je, réellement indigné.

 

– Ne sois pas parano, Alberto, je n’ai rien mis dans l’eau… Ce que tu as vu n’a rien d’anormal, regarde dans tes manuels de botanique, ajouta-t-il tout en appuyant hardiment sur l’accélérateur.

 

Nous fûmes de retour en quelques minutes. Venancio vida rapidement mais délicatement le contenu de mon sac sur la table de la cuisine et, avec beaucoup de soin, choisit sept champignons. Il remit le reste dans le sac.

 

– Tu as des serviettes en papier ? me pressa-t-il sur ce maudit ton insupportable.

 

Je lui passai les serviettes et il enveloppa séparément chacun des sept champignons.

 

– Mets-les au réfrigérateur mais ne les congèle pas, ajouta-t-il d’un ton péremptoire, en prenant le sac et en sortant rapidement de chez moi.

 

Comme il se dirigeait vers la porte de sortie, il me dit encore :

 

– Mets ton chrono en marche ; à minuit exactement, tu prendras le premier champignon, j’arriverai ici quelques minutes avant une heure du matin et nous irons sur la côte sud des Caraïbes.

 

– Attends ! Lui dis-je en retenant la portière de sa voiture. Si je n’ai besoin que de sept champignons pourquoi en a-t-on a ramassés autant ?

 

– C’est pour un ami chimiste, il extrait la psilocybine dans son laboratoire.

 

Et je n’eus pas plus d’explications. Les pneus de sa voiture hurlèrent. Je le vis partir sur la route, complètement stressé.

 

7 : 30

 

Il était encore tôt, trop tôt pour moi, sept heures et demie du matin, je déambulais dans ma maison comme un esprit  malade. Je me rappelai alors le champignon en rab que j’avais piqué à Nacho quand il les avait renversés sur la table. Je l’avais caché sous la corbeille de fruits. Je partis le chercher, je le mis sur la paume de ma main et je lui dis : Prépare-toi, Dieu, parce que je vais te donner un bon coup de dents ! Mais je me souvins de ce qu’on disait du Soleil et en l’enveloppant dans une serviette de papier, je le mis avec les autres dans le réfrigérateur pendant que je me disais : « J’attendrai que Dieu ferme son oeil solaire et je lui mangerai le pied. »

 

Je me suis alors enfermé dans mon atelier de sculpture, je me suis bouché les oreilles avec des écouteurs, j’ai laissé Mozart m’assourdir pendant que j’arrachais à une pierre la figure d’un chaman indien. Je terminai mon travail, mais l’?il de Dieu me surveillait encore. J’ai pris une douche et je me suis préparé quelque chose à manger, ensuite je me suis enfoncé dans le fauteuil, j’ai terminé la lecture du Sidharta et je me suis endormi. Quand j’ai regardé l’horloge, les aiguilles marquaient dix heures du soir.

 

– Je vais goûter la « chair de Dieu » avec un peu d’avance !

 

Je me suis levé et je n’ai fait qu’une bouchée du champignon.

 

 « Qui l’aurait cru ! me suis-je dit à voix haute tout en le mâchant, en le savourant et en l’avalant, Dieu a le goût et le fumet de la terre mouillée ! »

 

22 : 05

 

Je me suis installé ensuite dans cet espace que j’avais aménagé pour mes exercices de méditation.

 

J’ai allumé des bougies et de l’encens, ensuite je me suis assis en tailleur, par terre, sur une imitation de tapis persan. J’ai tourné mon visage vers l’Orient. Avant de fermer les yeux et de commencer les exercices, j’ai observé le petit bouddha thaïlandais en bronze, qui était posé dans ma bibliothèque. Je me suis rappelé de Sidharta et je me suis mis à respirer en rythme, en faisant le vide dans mes pensées.

 

A un certain moment, impossible à préciser, je me vois à l’intérieur d’une voûte cyclopéenne ; au centre reposait, gigantesque, démesurée, monstrueuse, l’image métallique du Bouddha. La dimension de l’espace me fait dresser les cheveux sur la tête, il me semble que je ne suis qu’une mouche insignifiante, lévitant à l’intérieur d’une cathédrale gothique. Le petit orteil du pied gauche  de ce Bouddha, a la taille d’un immeuble de quatre étages. Mon entendement ne peut concevoir la hauteur de la statue. Tout le bronze est sculpté en bas reliefs avec des motifs enchevêtrés : volutes, spirales, tourbillons, arabesques, hiéroglyphes impossibles à interpréter. Soudain, je commence à être attiré vers le sommet de la coupole. En sentant cette force d’ascension, étrangère à ma volonté, je suis pris de panique.

 

Je fermai les yeux et je me concentrai sur ma respiration.

 

Je fais  alors deux remarques : il n’y a pas de différence entre le fait de fermer ou d’ouvrir les yeux, je vois toujours la même chose. Ensuite, au moment de l’inspir, je monte très vite, au moment de l’expir, je reste suspendu. La terreur de ce qui m’attend sur ce sommet d’une hauteur impossible à évaluer me force à retenir mon souffle, mais plus je le retiens, plus l’inspir est fort et la montée s’avère vertigineuse. Comprenant qu’elle est inévitable, je tente de retenir ma respiration. Je monte en flottant très près du laiton poli de la statue, j’essaie alors de m’asseoir sur une de ses parties en relief. Puis je note un autre détail : le bronze n’a pas la texture rigide et froide du métal, il est plutôt comme la peau chaude d’un nouveau-né et quand je l’agrippe avec force, celle-ci s’étire  jusqu’à glisser de mes doigts.

 

Je ne sais combien d’éons de temps dura la montée, mais de siècle en siècle, je reconnaissais des parties de la statue du Bouddha : un genou, ensuite une main, le nombril, un bout de sein… jusqu’à ce que je me retrouve devant ses yeux. Ici se termina mon ascension forcée, je pouvais maintenant me déplacer à mon gré.

 

Je suis  proche du sommet de la voûte et je suis émerveillé par la couleur et le dessin de ses fresques murales. Je peux m’éloigner suffisamment dans cet immense espace pour admirer, presque complètement, l’image de la statue, ou bien me rapprocher  et explorer les cavernes de ses oreilles. Je flotte à quelques mètres de son nez et je rends grâce au fait que ses yeux sont fermés. Tout mon corps frissonne à l’idée que le Bouddha puisse les ouvrir à n’importe quel moment. Soudain une lueur verte, rythmée et insistante se met à pulser entre ses deux sourcils. Je m’approche et je vois une précieuse émeraude de la taille d’une porte. Je comprends immédiatement  le signal et je la franchis.

 

La sonnerie obstinée et pulsante de mon chronomètre cria :  «  Minuit »… L’heure de prendre une autre bouchée de Dieu !

 

00 : 01

 

21 février. Après avoir ingéré ma deuxième dose (qui aurait dû être la première), j’ai attendu Venancio, debout sur la terrasse de ma maison. Je ne voulais pas m’asseoir à nouveau dans le fauteuil à bascule, son va-et-vient aurait pu me ravir à je ne sais quelles sensations… La nuit était dégagée, la lune pleine et brillante… Nom de Dieu, la Lune, la Lune ! Lointaine, immense, froide, poudreuse, solitaire et ronde.

 

Je me rendais compte que le satellite terrestre était une sphère, je le voyais comme une sphère, je le sentais comme une sphère. Je savais bien que la Lune était une sphère ! On m’avait appris ça à l’école, mais mes yeux avaient toujours vu un disque, plat et bidimensionnel. La Lune m’apparaissait ce jour-là, comme jamais auparavant, c’était une boule cendrée et lumineuse. Mes yeux se fixèrent  dangereusement sur la sphère… Une terreur mystique commença à m’envahir…

 

1 : 00

 

– Alberto, Alberto, Alberto ! criait Venancio en me secouant par les épaules, tu es un maudit glouton….Combien tu en as pris… combien ?

 

– Deux.

 

J’indiquai le nombre deux avec les doigts sans cesser de contempler la grandiose sphère lunaire.

 

– En même temps ?

 

– Non, lui dis-je sans le regarder mais tout joyeux, j’en ai pris un à dix heures et un autre à minuit.

 

Après avoir examiné mes pupilles, il affirma :

 

– Bon, ça va.

 

Et il me mit la troisième dose dans la bouche.

 

– Venancio, lui dis-je avec un sérieux feint, ne m’oblige pas à voir les champignons comme des petits enfants, parce que j’ai l’impression d’être le ténébreux dieu Chronos en train d’avaler les siens.

 

Il se fâcha :

 

– Arrête de dire des âneries ! Mais écoute-moi, et écoute avec attention, à partir de maintenant, ne te laisse pas entraîner par ce que tu vois, laisse défiler tes visions, pour ne pas bloquer la fluidité de la conscience, de plus, comprends bien : tout ce que tu vois, c’est une perception, disons, altérée de ce que captent tes globes oculaires, n’analyse pas les images, ressens-les et laisse-les filer. Compris ?

 

– Si, je le comprends aussi bien et aussi clairement que cette Lune, lui dis-je tout en scrutant à l’aide de mon nouveau regard la Vallée de Planck, à 384 400 kilomètres de mes pupilles.

 

Venancio me fit baisser les yeux vers le sol en me tirant par les cheveux, pendant qu’il secouait la tête en signe de désapprobation. Il ouvrit la portière de sa voiture et m’assit sur le siège du co-pilote, avec une attitude qui me faisait penser à un policier en train d’arrêter un malfaiteur… mais mon butin ne pouvait pas être confisqué.

 

– Reste tranquille et ne regarde que tes genoux ! cria-t-il.

 

Je ne lui prêtai aucune attention, j’étais devenu la désobéissance personnifiée.

 

Je le vois rentrer rapidement chez moi et, – une fraction de micro-seconde après !- il est de retour avec mon sac à dos sur l’épaule, les champignons que je devais prendre dans la main et un morceau de pain dur dans la bouche. Dans la voiture et avec les mains sur le volant, je l’écoute baragouiner quelque chose, je tourne la tête pour le regarder et j’éclate de rire en voyant ses joues gonflées par le quignon de pain qu’il mâche tout en répétant : « Lysshttou ? » (J’interprétai comme « listo »: prêt?).

 

J’attachai la ceinture de sécurité. Avec le geste du capitaine Kirk de Star Trek quand il donnait l’ordre de lever l’ancre, il s’écria : « En avant ! »

 

Venancio regarde sa montre, régle le chronomètre et met mes « enfants » dans une petite glacière rouge. Il navigue ensuite doucement, lentement et prudemment.

 

Je regardai par la vitre dans le même état physique et mental que quand je m’étais élevé la première fois dans les cieux, sur les ailes d’un avion de Lacsa.

 

Il expliqua en avalant sa dernière bouchée de pain :

 

-J’ai dîné tard dans un restaurant japonais et mes intestins bataillent encore contre ce poisson cru. Quand je me sens barbouillé, je mange du pain, ça me soulage toujours.

 

Je ne réponds rien, son commentaire n’ayant rien de transcendant.

 

2 : 00

 

La nuit, envahie par une splendeur gitane relève ses jupes pudiques et je commence à regarder vers son intimité tout en mâchant ma quatrième dose. Le sphérique miroir lunaire renvoie sur la terre sa lumière bleutée et ensorcelante, dotant de vie toutes les choses et toutes les ombres. L’âme du monde se réveille et se dévoile. Le vert d’en dessous, exhale lentement son haleine céleste, la pourpre du dessus l’inhale avec empressement, créant des tourbillons de couleurs dans l’espace médian. Les paroles et les mots ne peuvent décrire l’intérieur de ce monde revivifié, qui est au delà de l’état figé et artificiel des mots et des lettres. Mais je m’étais engagé à tenir ces notes de voyage, qui en seront sans doute une mauvaise caricature,  comme le sont habituellement les descriptions des voyages à l’intérieur de la conscience.

 

Des deux côtés du chemin, les arbres nous accueillent avec de grands sourires. Des mammifères d’une faune étrange nous observent, méfiants, et se réfugient à l’intérieur des plis formés par les grands jupons des arbres. Une montagne se met en travers de la route de son corps massif et amorphe ; elle ouvre sa gorge orangée pour nous avaler tout entiers et le chemin avec. Je m’agrippe fermement au siège et je ferme les yeux.

 

-C’est le tunnel Zurqui, m’expliqua Nacho d’une voix apaisante. Ah, ah, ah ! Je ne veux pas imaginer comment tu le perçois en ce moment !

 

Je le regardai pour décrire ma vision mais il me coupa tout de suite :

 

-Ne dis rien, n’analyse rien ! On aura le temps plus tard, maintenant, expérimente tes nouveaux sens.

 

Je me soumets sans protester, mais son visage me fait peur : il est pâle, verdâtre, ses yeux fatigués et brillants sont enfoncés dans leurs orbites et je détourne mon regard d’un coup quand il commence à se transformer en un répugnant mollusque venant des profondeurs océaniques.

 

Nous sortîmes comme une flatulence encapsulée, par le cul de la monstrueuse masse et je vis quand on la traversait, sa langue, ses dents, ses côtes et le bruit assourdissant de ses entrailles lumineuses…

 

3 : 00

 

Venancio arrêta la voiture sur le bas-côté de la route et descendit à toute vitesse en se tenant le ventre.

 

Moi, je prends ma cinquième dose alors qu’il vomit des kilos de poisson cru, baveux, phosphorescent, vivant et haletant.

 

Complètement angoissé, il me fit signe d’ouvrir la vitre de mon côté en faisant de grands gestes.

 

– Tu peux conduire ? me demande-t-il, lugubre comme un vieux en train d’agoniser.

 

Je réponds sans aucune appréhension : « Sûr que je peux ! »

 

J’ouvre immédiatement la portière du véhicule, je l’installe dans le siège du co-pilote et je prends le volant.

 

– Excuse-moi, Alberto ! Je n’avais pas pensé à ça … Maudits sushis ! peste Nacho, au milieu des poussées de transpirations et des coliques.

 

J’accélère en douceur pour sortir la voiture du bas-côté et je rejoins la route

 

– Ne fais pas attention à ce que tu vois ! m’avertit-il au milieu d’une contorsion intestinale, surveille le compteur de vitesse, il ne faut pas dépasser 60 km à l’heure, reste sur ta droite…et s’il te plaît, ne te tue pas avec moi, me dit-il et il s’enroula dans la plus parfaite position foetale que j’ai jamais vue  sur une échographie.

 

Je conduis depuis l’adolescence, mon corps n’a nul besoin de l’intellect pour ça.

 

– Argument d’ivrogne ! me crie mon mental.

 

Je n’y fais pas attention. Je regarde instinctivement par le rétroviseur. Quatre robustes jaguars me suivent, je lève le pied de l’accélérateur pour les détailler, je peux voir leurs taches dansant au rythme d’une route qui serpente, j’écoute leurs halètements et leurs grognements de chasse. J’accélère jusqu’à les perdre dans la nuit de l’asphalte. Je jette un coup d’oeil, l’aiguille du compteur marque 110 km à l’heure. Venancio dort, entre les suées et les convulsions. Quelque « petit enfant » avalé et digéré m’oblige, espiègle, à appuyer à fond sur la pédale de l’accélérateur… La bagnole ne peut donner plus.

 

Le vertige produit par cette avancée horizontale estompe  les âmes de la nuit, en les convertissant en des lignes de feu qui clignotent vaniteusement sur la gauche et sur la droite au coin de mes yeux. Je déjoue  les esprits lumineux du monde et je me moque d’eux. Soudain, de grands éclats de rire au loin ! Je lève le pied de la pédale… En scrutant la plaine devant mes yeux, je me demande : « D’où viennent-ils ? Je vois une maison éloignée. Les rires viennent de là. J’écoute attentivement, c’est un couple d’amants, à trois ou quatre kilomètres, en prélude amoureux, je sens mes oreilles sur leur couche nuptiale mais je ne veux pas en savoir plus. Mes yeux retournent sur le compteur : 35 km/h ; je recommence à appuyer gentiment sur la pédale. Je vois ensuite une merveilleuse lumière multicolore en spirale qui m’absorbe, je me livre à elle, je me dirige vers elle, pour être avalé en une seule fois et pour toujours…

 

Un «connard ! » retentit par la vitre ouverte gauche du véhicule que je conduis et je vois  un motocycliste (dont j’ai envahi la voie) essayer de reprendre le contrôle de son deux-roues. Il sort de la route et atterrit dans les broussailles. Sans sourciller, je remarque seulement que le phare à l’avant de la moto était la spirale sacrée à laquelle je m’étais abandonné.

 

«Tu aurais pu tuer ce type», m’accusa une mauvaise conscience lointaine.  Je n’y fis pas attention.

Je m’en souviens seulement parce qu’elle avait l’accent et la voix pleine de reproches de ma mère.

 

 

4 : 00

 

Venancio dort sans plus de suées ni de convulsions, enroulé comme un nautile sous sa carapace de flemme. Moi, je mâche placidement ma sixième dose, roulant à 85 km/h dans la nuit sur une route magique et presque déserte.

 

Les lumières des phares ne me trompaient plus. Mais l’image nette d’un dragon de feu lumineux serpentant  dans ces ensorcelants ciels nocturnes, m’apparaît tout près et me fait freiner pile, tirant Venancio de son sommeil irresponsable et complaisant.

 

– Qu’est-ce qu’il se passe ? demanda-t-il en se réveillant, effrayé.

 

– Tu m’as dit que tout ce que je verrai aurait sa source dans la perception des sens ordinaires  ! Je n’en suis pas du tout convaincu… j’ai vu le corps d’un énorme dragon dans les cieux et je n’arrive pas à associer cette bête monstrueuse à quelque chose de concret, dis-je en réclamant des explications, pendant que j’indiquais, les deux paumes ouvertes la direction astronomique du prodige.

 

Venancio chercha sa bouteille d’eau, en versa un demi-litre sur sa tête, il observa ensuite l’espace sidéral, il analysa la magnitude de chaque étoile dans son champ de vision et il dit :

 

– Je ne comprends pas, si tu le vois à nouveau, tu me préviens, c’était peut-être un météore.

 

Et l’enfoiré se rendormit.

 

– Çà, un guide ? Mes couilles  pensai-je à voix haute en continuant à rouler tout doucement.

 

Je n’ai pas atteint les 95 km/h quand, sur le vaste horizon réapparait le dragon avec plus de furie, de couleur et de volume. Et de nouveau, le réflexe de mon pied surpris me fait appuyer à fond sur la pédale de frein. Cette fois, la voiture dérape et fait trois tours et demi sur elle-même en une spirale parfaite, finissant sa course intacte sur le bas-côté de la route, dans le sens opposé. Venancio gît dans une position indescriptible, la tête collée au plancher.

 

 J’avais ses fesses maigres à portée de mes mains, je les tapote et, réellement déconcerté, je lui dis :

 

– J’exige de mon « mentor » qu’il éclaircisse cette affaire !

 

– A nouveau, ce maudit dragon ? demanda-t-il de mauvaise humeur et avec la plus sale gueule de bois que j’ai vue de ma vie.

 

Je haussai seulement les épaules, ce n’était même pas la peine de répondre.

 

– Bouge ton cul du volant, ordonna-t-il avec l’autorité usurpée mais sans appel d’une belle-mère.

 

Je passai dignement sur le siège du co-pilote, sans avoir l’impression d’être destitué de ma charge.

 

– Comment tu te sens ? demandai-je sans ironie mais sachant par avance que sa réponse ne présenterait aucun intérêt. 

 

– Je crois que le pire est passé.

 

– Là ! criai-je, bouleversé de voir à nouveau germer dans la nuit le dragon affamé qui me persécutait.

 

– Ah, oui … ces cheminées qui brûlent pour rien… Ce sont les cheminées de la raffinerie de pétrole de RECOPE). Nous sommes très près des usines de Siquirres (troisième canton de la province de Limon au Costa Rica), dit-il en réduisant au minimum l’énorme dimension de mes dragons, avec l’astuce et la fausse humilité d’un « docteur Honoris Causa » à l’assemblée, lors de son premier discours.

 

Néanmoins, Venancio avait éclairci l’origine de ma vision. Bien qu’à cette hauteur de mon trip, l’opinion de cet acéphale sous-marin ou celle du plus grand prophète de l’univers, je m’en foutais comme d’une guigne. La vérité vraie, c’est que mes flamboyants dragons sont restés tatoués sur le rétroviseur et qu’ils s’y sont maintenus. Ils se tournaient et se retournaient en se mordant la queue, jusqu’à ce que je me fatigue de les voir.

 

5 : 00

 

La nuit continue de m’offrir son kaléidoscope de couleurs subatomiques. Le bip-bip du chronomètre met dans ma bouche la septième dose de la «chair de Dieu». L’aurore déverse avec une lenteur galactique ses pots de lumière sous mes yeux, les enveloppant inexorablement de religiosité. Ensuite…C’est le soleil qui crève le ciel, sensuel et plein de fougue. Il s’infiltre dans la luminescence libérée par chacune des miettes cosmiques et éphémères de l’aube… Je suis nu et seul devant l’extase de la lumière.

Le spectacle des nuages multicolores et visqueux qui s’étirent devant moi, la densité concrète de leur vapeur, la masse mesurable de leurs gouttelettes réunies, la merveille de leur origine, ressentir l’espace tridimensionnel des distances immenses qui séparent certains nuages de certains autres… Cela ne m’impressionne plus. Il n’y a plus d’observateur ni de sujet observé, il n’y a simplement plus d’intervalles entre les distances. Je m’endors ensuite profondément.

Peut-être me suis-je évanoui devant l’incommensurable.

 

– Espèce de con, réveille-toi ! s’exclame joyeusement Venancio pendant qu’il me tape sans aucun respect sur l’épaule gauche.

 

Mes yeux s’ouvrent sans lenteur, sans précipitation, sans contrainte. Je ne me suis peut-être jamais endormi, néanmoins, j’ai la sensation dans mon corps d’avoir dormi trois âges cosmiques, sans ronflement, ni pets, ni bâillements. Je sors ma dernière dose de la glacière rouge. Je suis surpris de trouver « le petit enfant » si frais, dangereux et espiègle, comme au moment où je l’ai ramassé et la sombre image du tableau de Goya, « Saturne dévorant l’un de ses fils » surgit à nouveau dans mon esprit, je prends par le pied l’ultime champignon, je me recouche sur le siège de la voiture et je le fais tourner entre le pouce et l’index face à l’abîme de ma bouche, en le torturant. Mais comme  je l’entends crier : « Lâche-moi tout de suite, pédé ! », je n’en fais qu’une bouchée, sans même le savourer… Avant d’ouvrir la portière de la voiture, j’observe le lieu. Je le reconnais : Puerto Viejo de Limon. Je respire ce parfum des Caraïbes que seules les mers du Sud et les jolies femmes savent exhaler. J’entre dans le restaurant, une baraque en bois, céleste, vaste, haute, vieille et vermoulue. Dégageant un sublime arôme de cuisine afro-caribéenne.

 

– Ils ouvrent tôt, ici, dis-je en regardant ma montre pour la première fois.

 

-On ne ferme jamais répond aimablement un jeune qui compte des billets insuffisants près de la caisse enregistreuse.

 

Un coup de sifflet impertinent me fait tourner la tête vers Venancio. Il a choisi un endroit sur la terrasse avec vue panoramique sur la mer. Je m’assois en face de lui, dos à la plage, au sable, à l’horizon et aux vagues de la mer, pour éviter d’être captivé par ce spectacle. Je pose mes mains ouvertes sur la table rectangulaire, dont la nappe, qui sent le plastique, et les fleurs de couleur sont sur le point de m’engloutir. J’entends Nacho demander au serveur :

 

– Amenez-nous deux « rice and beans » garnis et deux jus d’orange.

 

– Pas de blague, Nacho, moi je veux une bière! dis-je, assoiffé et déterminé.

 

– Aucun alcool, répondit-il, sèchement.

 

Je fais claquer ma langue contre mon palais desséché en signe de protestation, quand j’aperçois plus loin, au comptoir, une forme humaine qui retient puissamment mon attention. Je me lève immédiatement et je me dirige vers elle. Venancio me suit sans me retenir. J’attrape avec maladresse un lourd et rustique siège en bois et je m’assois très près, mais vraiment très près de la si belle créature… la perfection de son visage d’ébène, son allure, l’éclat de cette peau, les longues tresses emmêlées de sa chevelure. Des dents blanches et parfaites jettent des éclairs au milieu d’un large sourire pacifique, j’approche mon visage des yeux compatissants de cette personne jusqu’à ce que mon nez touche le sien, elle ne recule pas, elle ne bouge pas devant mes avances dévergondées, elle sourit seulement en laissant sortir de ses lèvres charnues et ridées une haleine chargée de shit.  Mes deux mains commencent à  palper millimètre par millimètre les nombreux recoins de son visage, ses grandes oreilles percées… Venancio me prend délicatement par les épaules et me dit :

 

– Je crois qu’il te la faut, cette bière.

 

Le vieux rasta que j’ai juste sous mon nez, éclate d’un rire parfumé et ajoute :

 

– C’est moi qui paie !

 

J’entends Venancio lui raconter quelque chose sur mon trip. Je ne sais pas ce que répond le vieil  apollon noir. Mon esprit est plongé dans l’océan ambré et dans les millions de bulles qui comme des planètes infantes montent vivement de mon verre de bière, jusqu’à se perdre dans le tourbillon central de la galaxie.

 

Sans prendre une gorgée, nous retournons à la table où nous attend le « rice and beans » fumant et odorant. J’ai faim et je mange avec avidité jusqu’à être repu, Venancio commande en dessert de la glace, du miel et des fruits que je n’ai pas l’intention de manger, mais son insistance est telle que je finis par tout avaler.

 

7 : 55

 

Nous nous garons peu après au bord de la plage.

 

Venancio  étendit une couverture à l’ombre d’un palmier, il s’allongea et il s’endormit aussitôt. Je vidai mon sac à dos, je pris ma combinaison,  mes palmes, mon masque et je plongeai dans la chaude mer des Caraïbes, nageant vers les récifs de corail, loin de la beauté magnétique de tant de bikinis pleins de sensualité et de tentations, qui serpentaient sur ma droite et sur ma gauche sur la poussière d’étoiles de ce sable blanc.

 

11:05

 

– Espèce de con ! me crie Venancio en me voyant sortir de l’eau et en courant à ma rencontre. Ça fait des heures que je te cherche ! Je te croyais mort ! vocifère-t-il tout en examinant mon corps point par point. Regarde tes mains, imbécile ! Tu es ridé comme un pruneau …

 

– Attends ! lui criai-je, pendant que j’enlevai les palmes et le masque. Regarde vite.

 

Je lui montrais un petit étang.

 

– Les couleurs de ces petits poissons sont hallucinantes ! insistai-je, persuadé qu’il ne pouvait  pas les voir.

 

– Hallucinantes, mon cul ! répondit-il encore furieux. Ces poissons ont toujours été comme ça : brillants et éclatants de couleurs. On n’a pas  besoin de prendre de la drogue pour les voir comme ils sont. Et toi, imbécile, tu n’as pas compris l’importance de cette expérience et tu n’as plus que le souvenir de la psilocybine dans ton organisme, alors, les couleurs « hallucinantes » de tes maudits poissons, n’importe quel abruti qui n’a pas perdu le sens de la beauté peut les voir. Dépêche-toi ! Il faut encore que je t’hydrate avant de prendre le chemin du retour, bougonnait-t-il en donnant des coups de pied dans le sable.

 

12 : 00  Midi

 

Après un déjeuner léger et sucré, la bonne humeur de mon ami et précepteur est complètement revenue.

 

– Mets plus de miel sur cette papaye ! Tu dois récupérer tout le glucose de ton cerveau si tu veux retourner dans le monde des « gens normaux », insistait Nacho en souriant.

 

Ensuite, en peignant sa barbe, il ajouta :

 

– Avant de rentrer, je veux t’emmener dans un lieu très spécial près d’ici, à Gandoca de Manzanillo.

 

Nous garons la voiture près de la route et nous grimpons sur une colline boisée.

 

Nous nous assîmes sur un grand rocher avec vue sur la mer. Venancio sortit un dictaphone de poche, il le mit entre nous deux et dit :

 

– Maintenant, raconte-moi les détails de ton voyage, mais rétrospectivement, en commençant par les dernières perceptions pour arriver aux premières.

 

16 : 00

 

Nous revenons à San José, en prenant le volant à tour de rôle, passant et repassant en boucle les cassettes de musique avec les éternels morceaux de jazz et de blues. Nous ne disons pas un mot. Néanmoins, une intense communication s’instaure entre nous sous la forme de mouvements avec la tête, de gestes avec les mains et de tambourinement avec les doigts, sur le rythme de la musique.

 

23 : 00

 

Arrivés sur la terrasse de ma maison, au moment de prendre congé de mon ami, celui-ci me demanda :

 

– D’après toi, quel a été le moment le plus important de toute cette journée ?

 

– Le petit étang avec les poissons multicolores sur la plage de Puerto Viejo, répondis-je sans hésiter. Notre cheminement et notre quête dans ce monde et dans d’autres sont dénués d’âme et de sentiments, ils n’ont aucune raison d’être si nous ne développons pas le sens de la beauté.

 

 

                                               Auteur : Alberto Sibaja Alvarez (Costa Rica) Septembre 2012

                                                               Commentaires en espagnol à : sibowak@gmail.com ou http://www.sibowak.com

 

                                                               Traduction libre : Catherine Méjean (France)

                                                               commentaires en français à : cmejean@orange.fr

 

 

                                              

 

 

 

 

La Carne de Dios

La Carne de Dios

Por: Alberto Sibaja Álvarez

3:45 a.m

20 de febrero. Sentado en el solar de mi casa, en San José, leo el Sidharta de Hesse, en tanto espero la llegada de mi amigo Venancio, dramaturgo de oficio, quien decidió guiarme en un viaje que dejé pendiente hace años. Nacho, como le llaman sus amigos, ha dedicado su vida a las tablas, hoy a sus sesenta y dos años, conserva el garbo y la flexibilidad de sus treinta. Delgado, alto, elegante, en su rostro la corta y cuidada barba blanca contrasta con el negro profundo de sus tupidas cejas. Este viejo aventurero ha cruzado, no pocas veces los umbrales de la percepción, donde se pueden contemplar realidades aparatadas de nuestro uso habitual de los sentidos y la conciencia. Nos conocimos en un taller de meditación Taoísta, dirigido por él mismo. Desde entonces nuestras conversaciones y prácticas se extendieron por horas.

En cierta ocasión platicábamos acerca de los escritos de Carlos Castaneda y nuestras propias experiencias con plantas sagradas y psicotrópicos. El peyote de los huicholes, el yopo del Orinoco, la ayahuasca de los amazonios, la amanita muscaria de los celtas, la marihuana de los hindúes, el opio de los chinos, el LSD de los hippies, la morfina de los hospitales, las anfetaminas de las discotecas…

Nos llamó la atención que en un 75% ambos habíamos experimentado con los mismos psicotrópicos y que en casi todos los casos lo habíamos hecho por una única vez.

-¿Y qué me dices muchacho del Teonanacatl?… ¡La Carne de Dios!- me inquirió con forzado tono de misterio, en tanto me lanzaba a la cara sus ojos desorbitados.

-No,- dije manoteando para quitarme su filosa nariz de encima- a Dios solo lo he saboreado con blasfemias de Nietzsche.

-¡Ja, ja, ja!, quizá no hayas tragado “la carne de Dios” pero te aseguro muchacho que la conoces.- dijo abandonando su teatralidad.

-Ni idea de lo que me habla- aseguré.

-Te daré una pista: Su uso ceremonial en épocas precolombinas se extendió desde Yucatán hasta la Patagonia…

-¡Fácil!- exclamé acallando tan evidente pista- el floripondio, (Brugamsia) jamás probaré una gota de la deletérea “Reina de la Noche” eso se lo dejo a los chamanes expertos y a los idiotas perpetuos. Nada de escopolamina en mi cerebro- enfaticé.

-¡Caramba! Cuanto odio para con una planta sagrada- respondió Venancio, frunciendo el ceño y seriamente contrariado.

-¿Odio?… ¡No!  Amo a ese arbusto y al aroma de sus grandes flores, de hecho tengo un seto de ellos en frente de mi casa, pero cuando florean y su perfume empieza a inundar mi casa, los sátrapas del barrio me roban las campanas de su incienso. Luego llegan los padres de esos incautos muchachos a exigirme talar mi seto, porque a sus estúpidos engendros se les está lavando el estomago en un hospital… No pocas veces he tenido que salir de madrugada a defender mis borracheros de algún machete vengador, porque…

-Está bien, Alberto, está bien, ya entendí. -acotó para calmar la euforia creciente de mi discurso- Pero “la carne de Dios” no tiene una molécula de escopolamina. Sus venas están pletóricas de Psilocibina.- dijo cerrando sus puños contra el mentón, en tanto leía el asombro de mi rostro.

¡Santa María Sabina!- exclamé sorprendido- No he tenido el honor de entrar al reino de los hongos alucinógenos, porque no he encontrado a ningún guía que me oriente en tan delicado viaje… Lo paradójico es que en nuestro país crecen por doquier, y…- Venancio volvió a interrumpirme.

-¿Guías? Háblame de tus guías.- dijo arqueando exageradamente su negra ceja izquierda.

-¡Cabrón!… No me cambie el tema, ahora que por fin lléganos a él.- Le dije burlándome de su cara de mimo.

-No, en serio, me interesa el asunto de tus guías.-  Venancio abandonó sus posturas pomposas, y vi franqueza en su mirada marrón… pero ¿cómo detectar sinceridad en un discípulo de Chejov?

-¡Soy un investigador! Y no un drogadicto suicida, sin la guía adecuada, las plantas sagradas nos pueden encerrar en un infierno de percepciones caóticas y sin sentido. –le dije con convicción y agregué- Hasta el momento, en cada caso he tenido la fortuna de encontrar el tutor apropiado: En la Amazonía colombiana un chaman (taita) me empujó al vuelo de la ayahuasca. En San Luis Potosí, México, un grupo de tejedoras huicholes me montaron en los lomos del Peyote. En Nueva York un psiquiatra argentino, monitoreó mi viaje con el LSD. En un hospital de San José, una enfermera amiga, inyectó y vigiló mi rosado encuentro con la morfina. En Heredia un comuna de hippies, me leyeron “El señor de los Anillos” mientras me envolvían en el aromático humo de la mariguana. Entre el bullicio de una discoteca en California, mi compañera de baile puso un par de anfetaminas en mi boca, pensé que eran píldoras “tic tac” para el aliento, pero no tuve mal viaje. Contrario me pasó con el opio, pues cometí la imprudencia de fumarlo solo, frente a la aterradora inmensidad del Océano Pacífico… Le relaté, cada detalle de esas experiencias, la manera en que fueron alteradas mis percepciones y conciencia. Luego de escucharme sin interrupciones, me dijo:

-Yo puedo ser tu guía en el viaje de los hongos, tengo el conocimiento y la experiencia necesaria.

-¿Y qué me propone?- pregunté con gran escepticismo.

-En cuatro días habrá luna llena- dijo mirando su agenda- no es que la luna afecte la absorción de la psilocibina, pero viajaremos de noche, desde San José hasta la costa Caribe, a Puerto Viejo de Limón. La luz de la Luna, el paisaje y cambio de clima te facilitarán un buen viaje. Un día antes- continuó, marcando su agenda- el 20 de febrero, iremos a las montañas de Heredia a cosechar los hongos, debemos recogerlos antes de la salida del Sol, cuando inicie la aurora. Los hongos se abren con el Sol y con ello la psilocibina pierde potencia. Por eso hay que recolectarlos rápido y guardarlos en una bolsa de tela negra, para protegerlos de la radiación, luego los guardas en tu nevera.

El día 21 de febrero, pasare por ti a la 1 a.m. pero deberás ingerir el primer hongo una hora antes. Luego uno cada sesenta minutos, hasta la salida del Sol. De la una a las cuatro de la madrugada, tu sistema inmunológico estará en la curva más baja, la psilocibina penetrará tu organismo sin tropiezos, luego de la salida del Sol, la curva inmunológica inicia su ascenso y no vale la pena tragar más “la carne de Dios”… ¡Por cierto, nunca he ido a tu casa! Dame tu dirección- concluyó con su agenda y bolígrafo listos.

Le indiqué la dirección de mi casa, convencido ahora, de que Venancio sería un excelente guía.

-He visto- le dije- en varias ocasiones, allá en las montañas de Heredia y a la luz del día, grupos de jóvenes tomando vino y comiendo hongos aderezados con leche condensada. Pero usted afirma que el Sol destruye la psilocibina…

-No, no dije que la destruyera, dije que pierde mucho su potencia, por tanto quienes consumen hongos de día, se ven obligados a ingerir grandes cantidades, los hongos no son de fácil digestión, al final, esos palurdos, terminarán indigestos y con un mal viaje.

-¿Quién le enseñó la ciencia de los hongos alucinógenos? –pregunté.

-Mi hermano mayor- respondió- Hace varios años él viajó al poblado mejicano de Hautla, donde fue instruido en la magia de los hongos por una curandera de la etnia mazateca…

-¿Su hermano es chaman?- interrumpí en tono de burla.

-No, médico neurólogo- afirmó –a él nunca le interesó el misticismo y ceremonial indígena, solo analizaba la bioquímica del cerebro, y eso fue su ruina…- Agregó con evidente nostalgia.

-Pues tiene que llevarme a hablar con él- le dije emocionado.

-Necesitaríamos los servicios de un espiritista- dijo sonriendo- murió hace un par de años.

-Lo siento- dije en vos baja.

-Yo también- respondió sin tristeza– terminó chiflado de tantas drogas que se metía. Él también decía de sí mismo que era un investigador y no un drogadicto- añadió riéndose en tanto me señalaba con sus dos dedos índice, en gesto de advertencia.

4:00 a.m

Luego de un rato nos despedimos y tres días después a las cuatro de la madrugada, Venancio aparcaba su auto en frente de mi casa. Cerré el Sidharta, me levanté de mi silla mecedora, agarré mi mochila y nos encaminamos a las montañas de Heredia para cosechar los hongos.

En el trayecto mi tutor hablaba de la percepción animista que tienen los amerindios sobre las plantas sagradas.

-Los hongos son como niños- me decía- pequeños, frágiles y muy traviesos, pero que su apariencia no te engañe, pues también son peligrosos y muy poderosos. Debes cosecharlos de prisa, pero con respeto y sin violencia. Piensa, que estas metiendo niños vivos en la bolsa…

Subimos la montaña por un sinuoso y angosto camino de lastre, que terminó frente al gran portón de madera de una lechería. Bajamos del automóvil, eran casi las cinco de la madrugada, la noche estaba fría, una densa bruma lo cubría todo. La Luna, casi llena, le daba un matiz blanco iridiscente a la niebla. Venancio me entregó un pequeño saco de tela negra y agitando el suyo susurró en mi oído:

-¡Vamos, vamos, vamos, no tenemos mucho tiempo! –Luego, con la agilidad de un geko, escaló el alto portón y saltó hacia la propiedad privada de la lechería.

Lo seguí de inmediato sintiéndome como un chiquillo que está a punto de hacer una fechoría. Luego, lo vi correr y virar bruscamente hacia la izquierda, lo perdí entre la neblina. Intentaba alcanzarlo cuando advirtió:

-¡Cuidado con la cerca de púas!

Justo a tiempo me tiré de panza y pasé la cerca con mi camisa rasgada. Estábamos en un potrero de pasto, pero no había reses pastando, solo heces añejas de vaca. La bruma empezó a disiparse como por arte de magia, limpié mis lentes de la humedad y empecé a escudriñar el suelo en busca de los hongos.

-¡Aquí!- Gritó Venancio y corrí hacia él. Frotaba sus manos y las orientaba hacia la tierra, como si fueran radares.

-No sea payaso- le dije burlándome de su maniobra. No me escuchó, mantenía sus ojos cerrados y fruncido el entrecejo.

La aurora iniciaba su corta transición.

-¡Allí!- dijo con urgencia sin abrir los ojos y señaló una gran mierda de vaca. –Agáchate y observa, ya vienen. No dejes que se abran, déjalos crecer unos siete  u ocho centímetros y los arrancas desde la base del tallo. ¡Pero solo los que tienen un anillo morado cerca de la sombrilla!… Luego busca y desarraiga los que encuentres a tu derecha, yo recolectaré a la izquierda. Obedecí, pero me sentía estúpido, mirando hacia la copiosa boñiga de vaca- ¡Este cabrón de Nacho!- pensé- seguro se fumó algo y está delirando- Pero mis pensamientos se congelaron cuando vi emerger de la añeja bosta unos tallos blancos que se elevaban con apremio hacia el cielo. En la punta, sus sombrillas de gris pálido se abrían conforme el talluelo subía.  No podía dar crédito a mis ojos, mi mente buscaba alguna explicación. Recordé que Venancio me dio a beber agua en el camino.- ¡Este infeliz puso algo en el agua! –concluí.

-¡Deja de contemplarlos y remuévelos de una vez!-  resonó su voz en mi oído izquierdo.

Como si aquello fuera una ridícula competencia irlandesa, recolectamos con arrebato,  decenas de pequeños, anillados y blanquecinos hongos. El silbato arbitral de ¡se acabó! fue soplado por el disco brillante del Sol. Me eché agotado en el húmedo pasto y admiraba como los hongos, que crecían en las bostas, desplegaban sus sombrillas y estas empezaban a cambiar de color, cuando la majadera y siempre urgente vos de Venancio volvió a molestarme.

-¡Vamos Alberto, no podemos perder tiempo, hay que ponerlos lo más pronto posible en refrigeración!

A regañadientes subí al auto, deseaba disfrutar más del paisaje rural, leer bajo la sombra de algún árbol mi libro, mantenerme alejado por unas horas más del bullicio de la ciudad, pero debía respetar mi convenio con el mentor. Él guiaba yo lo seguía. Pusimos en el asiento trasero las negras bolsas y mi amigo activó el aire acondicionado del coche a su máxima potencia. Odio el frío artificial. La bolsa de cosecha de Nacho, estaba casi llena, la mía menos de la mitad, pero mi tutor no profirió ningún reclamo al respecto.

-¿Qué tenía el agua que me dio a beber?- Pregunté con seriedad.

-H2O y con suerte algunas bacterias coliformes, -dijo riéndose, luego me miró preocupado y agregó- llené la botella del glifo antes de salir… ¿sentiste algún sabor extraño en el agua?

-Ningún sabor especial, pero creo que usted puso alguna droga en el agua.- respondí mirándolo con sospecha.- Vi esos hongos crecer a una velocidad extravagante… ¿Qué carajo le puso al agua?- pregunté realmente indignado.

-No sea paranoico Alberto, nada puse en el agua… lo que viste no es anormal, revisa tus manuales de botánica.- Aseguró, en tanto hundía el pie en el acelerador de forma temeraria.

En pocos minutos ya estábamos de regreso. En la mesa de mi cocina, Venancio, vació deprisa pero con delicadeza, el contenido de mi bolsa y con gran cuidado escogió siete hongos, devolvió el resto a la bolsa.

-¡Tienes toallas de papel o servilletas!- Me dijo con ese maldito tono de urgencia.- le pasé las toallas, él envolvió independientemente, cada uno de los siete hongos.- Guárdalos en el refrigerador, pero no los congeles.- dijo imperioso, tomando la bolsa y saliendo deprisa de mi casa. En tanto se dirigía hacia la puerta de salida, me dijo:

-Activa tu cronometro, exactamente a media noche ingiere el primero, yo llegaré aquí minutos antes de la una de la madrugada y nos dirigiremos a la costa del Caribe Sur.

-¡Espere!- le dije sosteniendo la puerta de su auto- ¿Si solo ocupo siete hongos, porqué recogimos tantos?

-Son para un amigo químico, en su laboratorio él les extrae la psilocibina.- Y sin más explicación, las llantas de su auto chillaron. Lo vi pilotear por la carretera con apremio.

7:30 a.m

Aun era temprano, demasiado temprano para mí, las siete treinta de la mañana, deambulaba por mi casa como duende enfermo. Recordé entonces el hongo extra, que le escamotee a Nacho, cuando los vertió sobre la mesa. Lo había ocultado al pie de la fuente de frutas, fui a buscarlo, lo puse sobre mis palmas y dije: -¡Prepárate Dios, porque te daré un mordisco! Pero recordé lo del Sol y envolviéndolo en una servilleta de papel, los guarde junto a los otros en el refrigerador, en tanto me decía: -Esperaré a que Dios cierre su ojo solar y le morderé un talón.

Me encerré en mi taller de escultura, tapé mis oídos con los audífonos, dejé que Mozart me ensordeciera en tanto le arrancaba a una piedra, la cara de un chaman aborigen. Terminé mi trabajo, pero el ojo de Dios aun me vigilaba. Me duché y preparé algo de comer, luego me recosté en mi sillón, terminé de leer el Sidharta, y me quedé dormido. Cuando vi el reloj de la pared, las agujas marcaban las diez de la noche.

-Le daré una probadita anticipada a la carne de Dios- me levanté y de súbito le mordí un talón.- ¡Quién lo diría!- me dije en voz alta, mientras masticaba, saboreaba y tragaba el hongo- ¡Dios sabe y huele a tierra mojada!

10:05 p.m

Me encaminé a aquel pequeño rincón que dispuse para mis adiestramientos en la meditación. Encendí las velas y el incienso, luego me senté en el piso sobre una imitación de alfombra persa, con las piernas cruzadas y la cara al oriente. Antes de cerrar los ojos e iniciar los ejercicios, observé una estatuilla tailandesa de bronce con la imagen de Buda, que reposa en mi biblioteca. Recordé a Sidharta y empecé a ritmar la respiración, en tanto vaciaba mi mente. En algún momento, imposible de precisar, me veo dentro de una ciclópea bóveda, en el centro descansa, gigantesca, descomunal, monstruosa, la imagen metálica del Buda. La dimensión del espacio es espeluznante, yo me percibo como una insignificante mosca levitando dentro de una catedral gótica. El dedo meñique del pie izquierdo de aquel Buda, tiene el tamaño de un edificio de cuatro pisos. La altura de la estatua, simplemente no cabe en mi entendimiento. Todo el bronce está gravado en bajo relieve por intricados diseños: volutas, espirales, torbellinos, arabescos, jeroglifos de imposible interpretación.

De pronto empiezo a ser atraído hacia el cenit de la cúpula. Al sentir esa fuerza de ascenso, ajena a mi voluntad, soy poseído por el pánico. Cerré los ojos y me concentré en la respiración. Entonces noto dos cosas: no hay diferencia entre abrir o cerrar los ojos, de igual forma miro lo mismo. Luego, al inhalar asciendo con gran rapidez, al exhalar quedo suspendido. El temor de lo que me espera en aquella insondable cumbre, me obliga a retener el aliento, pero entre más lo retengo, más fuerte es la inhalación y por tanto más vertiginosa la subida. Comprendiendo lo inevitable del ascenso, me obligo a pausar el ritmo de mi aliento. Floto y asciendo muy cerca del pulido latón de la imagen, entonces intento asirme a alguna saliente. Aquí noto un detalle más; el bronce no tiene la textura rígida y fría del metal, es más bien como la cálida piel de un recién nacido. Si la aferro con fuerza, ésta se estira hasta el resbalar de mis dedos.

No sé cuantos eones de tiempo duró el asenso, pero de siglo en siglo, reconocí partes de la estatua del Buda: una rodilla, luego una mano, el ombligo, una tetilla… hasta que me vi frente a sus ojos. Aquí terminó el forzado ascenso, ahora podía desplazarme a voluntad. El techo de la bóveda esta cerca y quedo maravillado por el color y diseño de sus murales. Puedo alejarme lo suficiente en ese inmenso espacio como para admirar, casi completa, la imagen de la estatua, o acercarme y explorar las cavernas de sus oídos. Floto a unos metros de su nariz y agradezco que sus ojos estén cerrados. Mi cuerpo se estremece ante la idea de que pudiera abrirlos en cualquier momento. De pronto un destello verde, rítmico e insistente pulsa desde su entrecejo. Me acerco y veo una preciosa esmeralda del tamaño de una puerta. Lo comprendo de inmediato y la atravieso. El pitillo obstinado y pulsante de mi cronometro grita la media noche…  ¡Hora de darle otro mordisco a Dios!

12:01 Media Noche

21 de febrero. Luego de ingerir mi segunda dosis (que debía haber sido la primera) espero a Venancio, de pie en el solar de mi casa. No quiero volver a sentarme en la mecedora, su vaivén intenta raptarme a quien sabe qué mundo.  La noche está despejada, completa y brillante la Luna… ¡Santo Dios, la Luna, la Luna! Lejana, inmensa, fría, polvorienta, solitaria y rotunda.

Me percato de que el satélite terrestre es una esfera, la veo como una esfera, la siento en su redondez. -¿De qué te extrañas?- me pregunto a mi mismo- siempre he sabido que la Luna es una esfera.- ¡Se que la Luna es una esfera!, eso me lo enseñaron en la escuela- pero mis ojos siempre han visto un disco, plano y bidimensional. Hoy y nunca antes que hoy, la Luna es una cenicienta bola luminosa. Mis ojos se clavan peligrosamente en la esfera… un terror místico empieza a invadirme…

1:00 a.m

-¡Alberto, Alberto, Alberto!- gritaba Venancio sacudiéndome por los hombros- eres un maldito goloso… ¿Cuántos has comido… cuantos?

-Dos, -le señalé con mis dedos, sin dejar de contemplar a la grandiosa esfera lunar.

-¿Juntos?

-No,- le dije sin mirarlo pero con alegría- uno como a las diez y otro a media noche.

-No hay problema- afirmó examinando mis pupilas, y acto seguido puso en mi boca la tercera dosis.

-Venancio –le dije con fingida seriedad –no me obligue a ver los hongos como niños, porque me siento como el tenebroso dios Cronos tragándose a sus hijos.

-¡Déjate de tonterías! –me regañó. -Pero escúchame y escucha con atención, de aquí en adelante no te entregues a lo que veas, déjalo pasar, que no se estanque el fluir de la conciencia, además entiende: Cualquier cosa que veas, es una percepción, digamos, alterada de lo que están captado tus globos oculares, no analices las imágenes, siéntelas y déjalas pasar. ¿Entendido?

-Sí, lo entiendo tan bien y tan claro como a esa Luna- le dije con mi nueva mirada que escrutaba, palmo a palmo, el Valle de Planck, a 384.400 kilómetros de la niña de mis ojos- Venancio me bajó la vista a tierra tirando de mi cabello, mientras en gesto de desaprobación, negaba con la cabeza. Abrió la puerta de su coche y me sentó en el asiento del copiloto, con tal expresión corporal que me evocó a un policía en plena captura… pero mi botín no podía ser decomisado.

– ¡Quédate quieto y no mires más que a tus rodillas!- gritó- No le hice caso, la desobediencia se ha anquilosado en mí, como un estilo de vida. Lo veo entrar deprisa a mi casa, ¡y una fracción de microsegundo después! está de regreso con mi mochila al hombro, los hongos de mi dosis y un pedazo de pan añejo en su boca. Ya en el auto y con las manos en el volante, lo escucho balbucear algo, giro mi cabeza para verlo y suelto una carcajada al ver sus mejillas infladas por el tarugo de pan que intenta masticar mientras repetía- ¿Lyishttou? (¿Listo? Interpreté) Me ajuste el cinturón de seguridad y con el gesto del capitán Kirk de StarTrek, cuando da la orden de zarpar, ordeno: ¡Adelante!- Venancio mira su reloj de muñeca, calibra el cronometro y pone mis “niños” dentro de una pequeña hielera roja. Luego navega; suave; despacio y prudente.

Miro por la ventana con el mismo estado corporal y psicológico de cuando me elevé por primera vez a los cielos, en las alas de un avión de Lacsa.

Tragando su último bocado de pan, comentó: -Cené tarde en un restaurante japonés, y mis tripas aun pelean contra ese pescado crudo. Cuando me siento indigesto, como pan y eso siempre me alivia. –No digo nada, su comentario me parece intrascendente.

2:00 a.m

La noche, invadida por un resplandor gitano, levanta sus púdicas faldas y empiezo a mirar hacia su intimidad, en tanto mastico mi cuarta dosis. El esférico espejo lunar, refracta sobre la tierra, su luz azulada y hechicera, dotando de vida toda cosa y toda sombra de cosa. El ánima del mundo despierta y se dejaba ver. El verde de abajo, exhala lento su celeste aliento, el purpura de arriba lo inhala con ansia, creando remolinos de colores en el meso-espacio. Las palabras y las letras, no pueden comunicar la vivencia dentro de un mundo vivificado, que está más allá del estático artificio de las palabras y las letras. Pero me comprometí a escribir esta bitácora, que sin duda será una caricatura mal dibujada, como sin alcance suelen ser las descripciones de un viaje al interior de la conciencia.

A ambos lados del camino, los árboles saludan sonrientes y con largas venias. Mamíferos de una extraña fauna nos miran con sospecha y se refugian abrazándose al los pliegues de las grandes enaguas de los arboles. Una montaña atraviesa su pesado y amorfo cuerpo en medio de la carretera,  abre sus anaranjadas fauces para tragarnos con todo y camino. Me agarro con fuerza del asiento y cierro los ojos.

-Es el túnel Zurquí-  aclaró Nacho con voz tranquilizadora- ¡ja,ja,ja, no imagino como lo estás percibiendo ahora!- lo miré para describirle mi visión, pero cortando mi primer vocablo dijo: -¡Nada de palabras, nada de análisis! Ya tendremos tiempo para eso, ahora explora tus nuevos sentidos. –acato sin protesta, pero su cara me alarma, está pálida verdosa, sus ojos cansados y brillosos se hunden en sus cuencas, aparto de golpe la vista cuando empieza a transformarse en un repúgnate molusco de profundidades oceánicas. Salimos como flatulencia encapsulada, por el culo de la monstruosa mole, vi cuando la atravesábamos, su lengua, dientes, costillares y el ensordecedor ruido de sus luminosas entrañas…

3:00 a.m

Venancio detuvo el auto en el espaldón de la carretera y se bajó apresurado sosteniéndose el estomago, yo ingiero mi quinta dosis en tanto él vomita kilos de pescado crudo, baboso, fosforero, vivo y aleteante. En señas y angustiado me pide abrir el cristal de mi ventanilla.

-¿Puedes pilotear el auto?- me pregunta con la seriedad de un anciano agonizante.

-¡Por supuesto!- respondo sin aprehensión alguna. Abro de inmediato la portezuela del vehículo, lo acomodo en el asiento del copiloto y tomo el volante.

-¡Disculpa Alberto!, no imaginé esto… ¡Maldito sushi!- reniega Nacho, entre sudores y retorcijones. Acelero suavemente el auto sacándolo del espaldón y vuelvo a la carretera- ¡No hagas caso de lo que veas! -Me advierte entre una contorsión intestinal- vigila la aguja del velocímetro, que no pase de 60 kilómetros por hora, mantén tu derecha… y por favor no te mates conmigo- dijo y se enroscó en la más perfecta posición fetal, que he visto en ultrasonido alguno.

Manejo automóviles desde la adolescencia, mi cuerpo no requiere del intelecto en tal maniobra. -¡Argumento de borrachos! -me grita la mente. No le presto atención. Miro instintivamente por el espejo retrovisor. Cuatro robustos jaguares me siguen, quito el pie del acelerador para definirlos, veo sus manchas danzando al ritmo de una carretera serpenteante, escucho sus jadeos y gruñir de caza. Acelero hasta perderlos en la noche del asfalto. Echo un vistazo, las agujas del velocímetro marcan 110 kilómetros por hora. Venancio duerme entre sudores y convulsiones. Algún tragado y digerido “niño” travieso, me obliga a undir hasta el fondo el pedal del acelerador… el cacharro no da más. El vértigo de ese avance horizontal, desdibuja las ánimas de la noche, convirtiéndolas en líneas inflamadas que parpadean vanidosas a la izquierda y derecha del rabillo de mis ojos. Burlo y me burlo de los espíritus luminosos del mundo. ¡De pronto unas carcajadas lejanas! Retiro mi pie del pedal… ¿De dónde vienen? Me pregunto escrutando la llanura ante mis ojos. Veo una casa lejana, lejanísima. Las risas vienen de allí. Escucho con intención, es una pareja de amantes, a tres, o más kilómetros de mis oídos, en preludio amoroso, siento mis orejas en su tálamo nupcial, y no quiero saber más. Mis ojos regresan al velocímetro del auto. 35 kph, con gentileza vuelvo a  hundir mi pie en el pedal. Luego veo una maravillosa luz multicolor en espiral absorbente, me entrego a ella, me dirijo a ella, para ser tragado de una vez y por todas… -¡Maldito desgraciado!-  resuena en la abierta ventanilla izquierda del vehículo que piloteo, en tanto reconozco a un motociclista, (a quien invadí su carril), intentar recuperar el control de su biciclo entre el matorral.  No me inmuté, tan solo reconocí que el faro frontal de su moto fue, en ese instante, la espiral sagrada de mi entrega.

-Pudiste haber matado a esa persona- me recriminó una conciencia lejana- No le presté atención, tan solo lo recuerdo porque tenía el acento y la voz regañona de mi madre.

4:00 a.m

Venancio duerme sin sudores ni convulsiones, enroscado como un nautilo en su caparazón de indolencia, yo mastico plácido mi sexta dosis, navegando a 85 kph por una mágica y nocturna carretera poco transitada, las luces de los faros no volvieron a engañarme. Pero la nítida imagen de un serpenteante y luminoso dragón de fuego, demasiado cercano en aquellos hechiceros cielos nocturnos, me hace frenar en raya, sacando a Venancio de su irresponsable sueño de complacencia.

-¿Qué pasa?- despertó alarmado.

-¡Usted me dijo que todo lo que vería tendría su fuente en la percepción de los sentidos comunes! Cosa de la que no estoy muy convencido… pero vi un corpulento dragón en los cielos, y a ese bicho no le encuentro asociación mundana- dije en tono de reclamo, mientras señalaba con mis dos palmas abiertas hacia la dirección astronómica del prodigio. Venancio buscó su botella de agua, vació medio litro en su cabeza, luego escrutó el espacio sideral, analizó la magnitud de cada estrella en el campo de visión y dijo: -No entiendo, si lo vuelves a ver me avisas, posiblemente fue un meteoro.- Y el desgraciado se volvió a dormir.

-¿Guía?, mis cojones- pensé en voz alta continuando suave y sin prisa por la ruta.  No había alcanzado los 95 kph, cuando de entre el alto horizonte de la noche, reaparece con más furia, color y cuerpo, el dragón.  Y de nuevo el reflejo de mi pie sobrecogido, pisa hasta el fondo del pedal de freno. Esta vez, el auto derrapa y gira tres vueltas y media sobre sí mismo en espiral perfecta, terminando intacto en el espaldón contrario de la carretera. Venancio yace en una posición indescriptible, con la cara pegada en el piso del auto. Lo más cercano a mis manos eran sus escuálidas nalgas, lo palmeó con fuerza y realmente desconcertado, le digo:

-¡Exijo a mi “mentor”, aclarar este asunto!

-¿Ese maldito dragón de nuevo?- preguntó malhumorado y con la peor cara de resaca que he visto en mi vida-   Yo tan solo me encogí de hombros, convencido de no necesitar darle una respuesta.- ¡Mueve el culo del volante!-  ordenó con la falsa pero inapelable autoridad de una suegra. Me pasé al asiento del copiloto sin la sensación de ser destituido de mi cargo.

-¿Cómo te sientes?- le pregunté sin ironía pero consciente de que me valdría una insignificancia su respuesta- Creo que ya pasó lo peor de mi indigestión…- ¡Allí!- grité emocionado al ver de nuevo germinar en la noche al hambriento dragón de mis persecuciones.

-Ah sí… Ese infructuoso fuego… Son las torres de RECOPE (refinadora costarricense de petróleo) estamos muy cerca de sus planteles en Siquirres (tercer cantón de la provincia de Limón en Costa Rica)- dijo minimalisando a mis maximalistas dragones, con la astucia y falsa humildad de un “Doctor honoris causa” en asamblea de su primer discurso. Sin embargo Venancio, aclaró el origen de mi visión. Aunque a estas alturas de mi viaje, la opinión de ese acéfalo subacuático o la del más excelso profeta del universo, me valía un pepino. La cierta verdad fue que mis dragones quedaron tatuados con fuego en el espejo retrovisor, y allí permanecieron, girando y mordiéndose sus colas, hasta que me cansé de verlos.

5:00 a.m

La noche continúa regalándome sus prismas subatómicos. El pippip, del cronómetro, pone en mi boca el séptimo bocado de “La Carne de Dios” La aurora, derrama con lentitud galáctica sus cántaros de albor frente a mis ojos, empañándolos inexorablemente de religiosidad.  Luego… la impetuosa lujuria de amanecer, revienta y cohabita, una a una, las luminiscencias liberadas por las migajas cósmicas y efímeras del alba. Quedo desnudo y solo ante el éxtasis de la luz. El espectáculo de las viscosas nubes multicolores frente a mi horizonte, la concreta corpulencia de su vapor, el mensurable tonelaje de sus gotas juntas, la maravilla de su origen, sentir el espacio tridimensional de las inmensas distancias que separan a esas nubes de aquellas otras… ya no me impresionan. Ya no hay observador ni cosa observada, simplemente ya no hay trecho.  Luego duermo profundamente. Quizá me desmallé ante lo inconmensurable.

6:00 a.m

¡Despierta pendejo!- exclama con alegría Venancio, mientras palmea con irreverencia mi hombro izquierdo.

Mis ojos se abren sin lentitud, sin prisa ni apremio. Quizá nunca me dormí, sin embargo tengo en mi cuerpo la sensación de haber dormido tres edades cósmicas, sin ronquidos, pedos, ni bostezos. Saco de la pequeña hielera roja mi última dosis. Me sorprende ver al “niño” tan fresco, peligroso y travieso, como en el instante en que le coseché, y la sombría imagen del lienzo de Goya: “Cronos devorando hijo”, resurge en mi mente, tomo del tallo al postrero hongo entre mis dedos índice y pulgar, me recuesto en el asiento del auto y lo hago girar frente al abismo de mi boca, torturándolo. Pero al oírlo gritar:- ¡Ya suéltame marica! – lo tragué de golpe sin siquiera saborearlo…   Antes de abrir la portezuela del auto, avizoro y reconozco el lugar. Puerto Viejo de Limón. Inhalo ese aroma caribeño que solo el mar del Este y las mujeres bonitas saben exhalar. Entro al restaurante, una casona de madera, celeste, amplia, alta, vieja y apolillada. Con un sublime aroma de cocina afro-caribeña.

-¡Abren temprano aquí!- dije mirando mi reloj de pulsera por primera vez-  Nunca cerramos- responde amable un joven que cuenta insuficientes billetes junto a su caja registradora. Un chiflido impertinente me hace mirar hacia donde esta Venancio, quien había escogido un lugar en la terraza con vista panorámica al mar. Me siento frente a él, en contra de la playa, la arena, el horizonte y las olas del mar, evito se abducido por su hechizo. Pongo mis manos abiertas en la mesa cuadrangular, cuyo mantel de aromático plástico y flores de colores están a punto de tragarme. Escucho a Nacho decirle al mesero: -Tráiganos dos “rice and beans” completos y un par de jugos de naranja.

-¡No bromee Nacho, yo quiero una cerveza!- acoté sediento.

-Nada de licor- respondió tajante.

Casquee con la lengua mi seco paladar en tono de protesta, cuando veo allá en el tablón de la barra, una silueta humana que llama poderosamente mi atención. Me levanto de inmediato y camino a ella. Venancio me sigue sin detenerme. Arrimo con torpeza un rústico y pesado banco de madera y me coloco muy cerca, pero muy cerca de tan bella presencia,… la perfección de su negro rostro, el aire de su postura, la brillantez de esa piel, los largos nidos de su desatendida cabellera. Perfectos y blancos dientes relampaguean entre honestas y pacíficas sonrisas, acerco mi cara a sus compasivos ojos hasta tocar mi nariz con la suya, no se retrae ni inmuta ante mi desvergonzado avance, tan solo sonrie exhalando el aliento maduro del hachís por entre sus carnosos y arrugados labios. Mis dos manos empiezan a escrutar, milímetro a milímetro los muchos pliegues de sus facciones, sus grandes y perforadas orejas…  Venancio me toma delicadamente por los hombros y dice:

-Creo que si necesitas esa cerveza- El anciano rastafari que tengo justo frente a mi nariz, suelta una humeante carcajada y agrega: -¡Yo la pago!- Escucho a Venancio comentarle algo sobre mi viaje. No sé que respondió el viejo serafín. Mi espíritu está inmerso en el océano de ámbar y los millones de burbujas que como planetas infantes ascienden raudos de mi jarra de cerveza, hasta perderse en el remolino central de la galaxia. Sin darle un sorbo regresamos a la mesa donde nos espera el humeante y aromático “rice and beans” Como con ansia y con hambre hasta quedar satisfecho, encima Venancio ordena un postre de helados, miel y frutas que no tengo intención de ingerir, pero su insistencia es tanta que termino tragándolo todo.

7:55 a.m

Aparcamos el auto frente a la playa, Venancio tendió una manta bajo la sombra de una palmera y se acostó durmiéndose de inmediato, yo vacié mi mochila, tomé mi snorkel, patas de rana, mascarilla de buceo y me zambullí en el cálido mar del Caribe, nadando hacia el arrecife de coral, lejos de la belleza magnética de tanto bikini, relleno de sensualidad y tentación, que serpenteaba a mi diestra y siniestra sobre el polvo de estrellas de aquella arena blanca.

11:05 a.m

-¡Hijo de puta!- me grita Nacho viéndome salir a la playa y corriendo a mi encuentro- ¡tengo horas buscándote! Te creí muerto- vocifera en tanto revisa mi cuerpo palmo a palmo- ¡mira tus manos imbécil! Pareces una ciruela pasa…

-¡Espera!- le urgí en tanto me quitaba las patas de rana y la mascarilla- mira allí- dije señalándole una posa en la playa- ¡los colores de esos pequeños peces son alucinantes! Aseguré con la convicción de que él no los podría ver.

-¡Alucinantes mis bolas!- respondió aun enojado- esos peces siempre han sido así: brillantes; esplendorosos y llenos de colores. No se necesita estar drogado para verlos tal cual son. Y tú, irresponsable desconsiderado, ya no tienes más que el recuerdo de la psilocibina en tu organismo, por tanto los colores “alucinantes” de tus malditos peces, los puede ver cualquier palurdo que no haya perdido el sentido de la belleza. ¡Camina no te rezagues! que aun tengo que hidratarte antes de iniciar nuestro regreso- refunfuñó pateando la arena.

12:00 medio día

Luego de un almuerzo ligero y dulce, el buen humor de mi amigo y preceptor se ha restablecido por completo- ¡Ponle más miel de abejas a esa papaya! Tienes que recuperar toda la glucosa cerebral si quieres regresar al mundo de los “cuerdos”- insiste sonriente Nacho- luego, peinándose la barba agregó: – Antes de regresar a casa quiero llevarte a un lugar especial, aquí cerca en Gandoca de Manzanillo.

Aparcamos el auto a la orilla de la carretera y subimos por una forestada loma. Nos sentamos en una amplia piedra con vista al mar. Venancio sacó una grabadora de bolsillo, la puso entre los dos y dijo: -Ahora cuéntame los detalles de tu viaje, pero en retrospectiva, empezando con tus últimas percepciones hasta llegar a las primeras.

4:00 p.m

Sin pronunciar palabra regresamos a San José, turnándonos el volante y los discos de música que giraban eternos de jazz y blues. Sin embargo, entre el rítmico cabecear, los gestos de las manos y el tamborileo de los dedos al son de la música, nuestro dialogo fue profundo.

11:00 p.m

Ya en el solar de mi casa, al despedirme de mi amigo, éste me pregunto:

-¿Cuál crees que ha sido la etapa más reveladora de toda esta jornada?

-La posa de peces multicolores en la playa de Puerto Viejo- respondí sin dudarlo- Nuestro caminar y búsqueda por este y otros mundos, no tendrá espíritu; mente; sentimiento; razón, ni provecho alguno si no desarrollamos el sentido de la belleza.

 

Alberto Sibaja Álvarez

Setiembre 2012.

Comentarios a:

sibowak@gmail.com

www.sibowak.com